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Muchos portfolios de desarrollador se parecen: una cabecera, una rejilla de tarjetas y una lista de tecnologías con barras de nivel. Quería uno que se recordara y que, al mismo tiempo, contara cómo trabajo.
La metáfora fue un sello discográfico:
- Cada proyecto es un álbum, con su portada.
- Su caso de estudio se divide en pistas, y la duración de cada pista es su tiempo de lectura.
- Las tecnologías aparecen en los créditos, con su función en ese proyecto.
- Lo que aún no existe son próximos lanzamientos: sin demo ni resultados.
El sello necesitaba una cara: un conejo de vinilo que hace de anfitrión, sigue el puntero y presenta cada álbum.
La condición era que la metáfora no estorbara. Quien llega con prisa debe encontrar en segundos quién soy, qué he hecho y cómo contactarme.

